Despedida a Maheta Molango, exconsejero delegado del Mallorca

Maheta MolangoTodo empezó a última hora de la tarde de aquel 4 de enero de 2016, en una especie de regalo de Reyes para el mallorquinismo. Con una puesta de escena impecable, aparecía en la sala de prensa del estadio de Son Moix Robert Sarver, el recién estrenado propietario del RCD Mallorca, junto con un perfecto desconocido, un esbelto y joven suizo que respondía al nombre de Maheta Molango. Debo admitir que sucumbí desde el principio a su discurso apacible y cautivador, a su mirada de ligón de discoteca, a su verbo pegajoso. Posiblemente más con el corazón que con la cabeza, después de haber soportado años de vergüenza y azufre por obra y gracia de Serra Ferrer, Biel Cerdà y Utz Claassen, muchos mallorquinistas vimos en Maheta Molango como a una especie de justiciero que nos iba a liberar del yugo de la mediocridad. Sus primeras semanas fueron apoteósicas, fichando a diestro y siniestro, pagando cláusulas y firmando un discurso lleno de frescura. También fue celebrado el relevo en el banquillo, que culminó con la llegada de Fernando Vázquez. Era tal la ilusión que, estando en puestos de descenso, no se descartaba alcanzar el playoff, sobre todo después de arrancar con dos victorias consecutivas, en casa frente al Alcorcón y en Ponferrada. Sin embargo, una dolorosa e inesperada derrota en Son Moix, ante el Bilbao Athletic, fue el preludio de lo que sería una segunda vuelta errática, decepcionante. Solo una carambola evitó el desastre del descenso a 2ªB coincidiendo con la celebración del Centenario. Y en ese punto empieza de verdad el declive de Maheta Molango. La gente no le culpó de la mala temporada que se había terminado, no en vano su llegada se había producido a mitad de camino, de ahí que su responsabilidad fuera limitada. Sin embargo, con todo el verano por delante, la planificación de la Liga 2016/17 resultó ser un fracaso estrepitoso. Recuerdo alguna entrevista en la que dejaba entrever que no toleraría falta de actitud en los futbolistas. Palabras huecas, sin cuerpo, una promesa con los dedos cruzados que, obviamente, no iba a cumplir. A pesar de firmar futbolistas con experiencia en la categoría (Juan Domínguez, Culio, Juan Rodríguez, Lekic…), el equipo se mostró vulnerable desde el primer partido y trazó una línea descendente que Maheta Molango no supo frenar. La plantilla estaba descompensada y ninguno de los tres entrenadores que desfilaron por el banquillo aquel año pudieron evitar el desastre. El resultado fue la mayor vergüenza de los últimos 40 años de vida del Club: el descenso del Mallorca a la categoría de bronce del fútbol español.

Sin embargo, cuando la lógica dictaba que Maheta Molango debía irse, ya fuera por voluntad propia o por imposición desde Arizona, el ejecutivo suizo logró convencer a la propiedad para capitanear aquel barco a la deriva. Ahí mostró una capacidad de resiliencia francamente admirable lo que, unido a la decisión de contratar a Vicente Moreno como máximo responsable técnico, le dio un balón de oxígeno frente a un entorno cabreado a la par que resignado a tener que jugar en campos y ante rivales de escasa enjundia. Con el pretexto de la necesidad de ajustar el presupuesto por culpa del descenso, Maheta firmó una serie de despidos de empleados mileuristas que llevaban media vida trabajando en el Club. Ahí empezó su purga, su particular batalla por eliminar cualquier atisbo de rebeldía en contra de su gestión. El año en 2ªB discurrió con más calma de la prevista, gracias al buen hacer del cuerpo técnico y de una plantilla que rindió como se esperaba de ella, de principio a fin, ascendiendo por el camino más rápido. Se volvió al lugar del que jamás debimos salir.

De vuelta a la categoría de plata, Maheta Molango dejó trabajar a Recio quien, aprovechando su buena sintonía con el entrenador, trazó una plantilla más o menos compensada para mantener sin agobios la categoría. Lo que nadie imaginaba era que lo que debía ser un año de transición se convertiría en una temporada primorosa, culminada con un playoff de ensueño que devolvió al Mallorca a la élite del fútbol español, después de seis años llenos de angustia y zozobra. Gracias a la gesta rubricada la noche de San Juan del año pasado, muchos decidimos perdonar a Maheta Molango todos sus pecados, pensando que habría aprendido de sus errores pretéritos y que sabría gobernar el Club y aprovechar la inercia positiva en la que el Club se había instalado contra todo pronóstico. De hecho, las primeras decisiones tras el ascenso (la ejecución de las opciones de compra sobre Valjent y Budimir, así como las renovaciones del cuerpo técnico y de algunos de los pilares del vestuario como Reina, Salva Sevilla o Lago Junior) hacían presagiar que la senda era efectivamente la idónea. Pero por desgracia todo se torció y lo que acabó ocurriendo es que Maheta Molango volvió a exhibir, sin pudor, su personalidad ególatra y prepotente.

Lo cierto es que el CEO lo tenía muy fácil, simplemente debía ocuparse de la parte logística y económica y dejar trabajar en la parcela deportiva a Recio y a Moreno, codo a codo, para que confeccionaran una plantilla competitiva. Si habían sido capaces de crear un equipo de la nada, en 2ªB, no parecía tan complicado hacer un equipo apañado para jugar en 1ª. Bastaba con conservar la columna vertebral (eso se hizo) y fichar 5-6 futbolistas de perfil medio, algunos que hubieran destacado en 2ª o algún suplente solvente de 1ª. Vamos, lo que hicieron Granada y Osasuna. Pero no fue así. En lugar de aplicar el sentido común, Maheta Molango tuvo un ataque de protagonismo, volvió a exhibir su autoritarismo y quiso capitanear la política de fichajes. La consecuencia: traer un montón de futbolistas que no conocían el país ni nuestra Liga, la mayoría de ellos irrelevantes. Y claro, pronto quedó al descubierto que eso no casaba con lo que quería el entrenador, tal como quedó patente con las declaraciones de Dani Pendín en Málaga, reclamando refuerzos de más empaque. La consecuencia la sabemos todos: un equipo descompensado, falto de recambios, que está a merced única y exclusivamente de los futbolistas que ya estaban. Los nuevos, salvo contadísimas excepciones (Febas, Kubo y el Cucho) no han aportado absolutamente nada. Y eso es lo que, salvo gesta, nos va a devolver a Segunda, en una especie de trayecto en montaña rusa, que es en lo que Maheta Molango ha convertido su periplo como máximo ejecutivo y hombre fuerte del Club.

En definitiva, se marcha un hombre poco apreciado por el mallorquinismo, a pesar de su innegable cuota de aciertos, la mayoría de ellos en el área comercial. El hecho de devolver al Mallorca a Primera División lo empaña precisamente su deficiente utilización de los recursos disponibles esta temporada. El mantra del límite salarial es una buena coartada pero a todas luces insuficiente para tapar sus miserias y salvar su puesto. Al final, la propiedad ha tomado una decisión pensando más en el medio que en el corto plazo. Es cierto que el sábado hay un partido fundamental pero, más allá del resultado y de lo que ocurra en este final de Liga, lo que realmente tranquiliza es saber que los americanos van a seguir, que su proyecto sigue siendo a largo plazo. Aunque quizá lo más tranquilizante para el mallorquinismo sea no tener que aguantar más la impertinente e incómoda presencia de Maheta Molango en el palco de Son Moix. Ojalá su marcha permita relajar tensiones en el entorno y en el propio vestuario para, de esta forma, enderezar el rumbo del equipo. Pero aunque eso no ocurra, tengo clarísimo que su ausencia va a permitir reducir la crispación y aumentar la esperanza de un futuro mejor. Le deseo tanta suerte como paz deja con su marcha…

 

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