Un monstruo sin alma

Cuando tenía 5 años, un pequeño dragón llegó a mi vida. Era de color rojo y negro, así que le llamé Rojinegro. Pasábamos todos los días juntos. Éramos igual de indefensos, y por eso nos defendíamos el uno del otro ante los demás, aunque sin resultado. Todo el pueblo se metía con nosotros, pero sobre todo con Rojinegro, por no tener un tamaño de dragón que diera tanto miedo como los de las películas. Cuando pasábamos por al lado de los chicos más mayores, se reían a carcajadas y soltaban improperios de todo tipo. Un día, decidimos que era mejor que jugáramos en el jardín, que nos quedáramos en casa. Corrían los días, los meses y los años y nos hacíamos más y más inseparables.

A medida que me hacía mayor, veía que Rojinegro crecía más rápido que yo. Mientras yo seguía siendo el hazmerreír de los demás, Rojinegro empezaba a ser respetado. Y el respeto empezó a convertirse en miedo. Era tan alto y tan fuerte, que ni siquiera gritando podía hacer que me oyera. Me di cuenta de que lo estaba perdiendo, de que ya no éramos el uno para el otro.

Cierto día decidió salir a la calle de nuevo. Ya no escuchaba mis consejos, ni siquiera mi voz. Su mirada me parecía esconder rabia, pero no podía pensar que un dragón tan cariñoso desde sus inicios, pudiera hacer algo tan espantoso como lo que estaba a punto de ocurrir. Nada más cerrar la puerta, Rojinegro se puso a golpear a todos aquellos que alguna vez se habían metido con nosotros. Uno por uno. A veces agitaba su fuerte cola o simplemente escupía una llamarada por la boca para acabar con sus enemigos. Recorrió la ciudad de punta a punta para destruir a todos aquellos que alguna vez le habían hecho daño. Yo, atemorizado, no dejaba de gritarle que se detuviera, que parara de ser tan violento. Cuando la tristeza y la impotencia me acabaron de invadir y Rojinegro hubo acabado con todos sus enemigos, solté toda la rabia y frustración que me estaba provocando en un grito fortísimo que retumbó por todo el pueblo. Era la primera vez que Rojinegro se daba cuenta de mi presencia desde que había sembrado el pánico en las calles y cuando me miró con aquellos ojos inyectados en sangre, supe que lo siguiente que iba a sentir era una llamarada sobre mi cuerpo. Era un monstruo sin alma y había acabado incluso conmigo.

Escribo estas líneas sabiendo que hoy Jaume Colombàs ha sido despedido del Club. Un Club que se acercó al aficionado gracias a su presencia como trabajador del Mallorca. Un Club que creció en lo social gracias a su dedicación en cuerpo y alma y seguro que algo más. Un Club que, después de tantos años, había conectado de nuevo con los mallorquinistas.

Hoy este Club se ha convertido en un dragón que ni siente ni padece, que destruye a aquellos que se lo han dado todo y utilizaban sus manos y sus pies para sostener lo que nadie más parecía querer sostener. El Mallorca se ha convertido en un dragón que acaba con todos sus rivales, equipos o personas, pero que se ha olvidado de algo muy importante para ser respetado: su alma. Santi Miralles, Javi Bosnio, César Mota, José León… Maheta Molango, el mallorquinista no olvida.

Jaume Colombàs

La voz de Jaume en el Club era la voz de todos los aficionados mallorquinistas. Desde RCDM.es queremos mostrar nuestro total desacuerdo con su despido y por ello estaremos 2 días en silencio en redes sociales. Si callan a Jaume, nos callan a todos.

Hoy se apaga, una vez más, una nueva voz del mallorquinismo.

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