Si en una mañana soleada como la de hoy , te plantas con riesgo de tu integridad física en el centro del solar decrépito que en el corazón de muchos se sigue llamando “Luís Sitjar”, con sus venerables piedras carcomidas por toda clase de vida vegetal, aguzando el oído podrás todavía escuchar un rumor de gritos de alegría que han viajado en el tiempo desde 1969, desde aquel ascenso -efímero- a Primera, o desde el verano de 1989 cuando Gabriel Vidal marca en la prórroga y nos devuelve otra vez a la División de Honor.

Oirás también gritos de rabia e intuirás el sabor salado de las lágrimas porque -el túnel del tiempo nos ha llevado ahora a un año antes, 1988- el Oviedo nos acaba de condenar al que en este momento parece nuestro hábitat natural: la 2ª División. Deslumbrado por el Sol te parecerá ver internarse en el área a Dominguez, a Eto´o, oír a Vulic y a Fradera abroncar a sus compañeros de zaga para que salgan más rápido. El hombre del marcador sube una y otra vez un gol, a veces de Milosevic, a veces del exquisito Diego Tristán, mientras en las gradas despobladas y en peligro de derrumbe total resuena un rugido creciente: “Mallorca, Mallorca”, gritos que en tu imaginación se mezclan con la megafonía anunciando el entrañable “Laccao”.

Los gritos han atraído la atención de un integrante de la plantilla de 1977, que está encerrada en el vestuario porque el club les da talones sin fondos para saldar una deuda de 400.000 pesetas (apenas 2.400 euros de este día soleado) contraída con toda la plantilla. Y en la esquina de un córner, un bendito iluminado tiene que luchar con hierbajos de un metro de altura para poder agarrar por el cuello, ayudado de un paraguas largo y pasado de moda, al rival cargado de malas intenciones que pretende botar un córner contra la portería defendida por Gost, y tú te dices que algo anda definitivamente mal porque este día el portero no era Gost. Mientras, desde la otra área, veo venir corriendo a un Hugo Sánchez treintañero que avanza perseguido por un furibundo aficionado local que, cansado de que “el manito” se acomode sus atributos varoniles (al estilo reciente de Di Maria) frente al fondo donde se ubica nuestra sufrida afición, intenta alcanzarlo para explicarle que no se puede jugar con los sentimientos de una afición poco numerosa, pero mucho más entregada que la del Madrid o la del Barça, porque -quiere explicarle al Manito- ser de los grandes es fácil, que ganar 9 de cada 10 partidos por poderío económico y que el décimo te lo gane el árbitro es muy fácil, pero que a equipos como el Mallorca, huérfanos de las ayudas de los grandes poderes y casi siempre escarnecido por los que deberían apoyarlo y dirigirlo con sensatez, hay que hacerlos fuertes desde el corazón resuelto de los incondicionales.

Si, con grave riesgo de tu integridad, te encaramas en la grada de sol que da a la Riera, es posible que en algún pliegue de la luz de esta mañana dorada puedas ver todavía a muchos niños que fuertemente asidos a las manos de sus padres, sortean un terraplén traidor, un pequeño riachuelo y suben otro terraplén empujados por la ilusión de que hoy los once gladiadores que van a vestir la camiseta bermellona y los pantalones blancos con medias blancas se van a dejar la piel ante el Granada, y que seguramente alguna internada poderosa de Parera, algún centro medido de Luís Costa, harán que Ernesto Domínguez (que es el Pichichi de primera ahora mismo) nos haga ganar el partido. Pero esa es otra historia, que os relataré si el editor no me despide hoy mismo por alucinado.

Este artículo está dedicado a mi Pequeña Princesa Egipcia, más culé que mallorquinista, pero mallorquinista al fin y al cabo, que cumplió 12 años hace unos días.

Comentarios

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  1. Xisco Ramonell dice:

    Simplemente genial. Gracias. Hoy mismo me preguntaba por qué era del Mallorca. Gracias por recordármelo.

  2. Rafel dice:

    Cuántas vivencias, cuánto sufrimiento. Es triste ver como un equipo con tales historias lo estén desintegrando así. Buen artículo.

  3. Xisco dice:

    Gran artículo. Gallina de piel.

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