Foto: José Raúl González, fotógrafo de FutbolMallorca.com

Suena la música en mis auriculares. Carretera, frío, más líderes y una frase de Love Of Lesbian que no deja de repetirse en mi interior: “Confesaré, ha vuelto aquella fiebre de siempre”.

Nota: escribo todas estas líneas un domingo no cualquiera. Es 12 de noviembre de 2017. Son exactamente las 16:06 horas.

Resulta difícil asimilar todo lo que me pasa ahora mismo por la cabeza. Las imágenes de esta mañana no dejan de recorrer por mi mente a ritmo del ruido del autobús de vuelta hacia Barcelona. Pero estoy tranquilo, aún queda día por delante para poder aceptar la cruda realidad y seguir respirando una fruición poco vivida durante estos últimos años. Pero no es fácil. No es fácil porque lo que está haciendo este MALLORCA (sí, en mayúsculas) es de ciencia ficción.

Vamos a poner orden a todo esto para poder asimilarlo.

Sábado 11 de noviembre. 17:48 h. Recibo un "whatsapp" de mi fiel compañero de aventuras mallorquinistas: “Mierda, tío, no dejo de decir a la gente que el autobús está completo. Que mal me sabe”. Se nos había ido de las manos. Lo de esta afición es espectacular. Dos días (a falta de jugar aún contra el Valencia Mestalla en casa) habían sido suficientes para llenar una lista repleta de ilusión y de ganas. Era el primer estreno de la Peña Mallorquinista Universitaria de Barcelona esta temporada y queríamos que todo fuera bien. Dos días antes del partido se terminó de confirmar que el sentimiento del mallorquinista (el de verdad) es tan grande que va más allá de categorías y quilómetros: más de 80 personas nos habían reservado ya su entrada. Pura pasión. Estábamos emocionados y, por eso, aún no tengo la necesidad de recuperar el sueño perdido de esta pasada noche. Últimos detalles, lista confirmada y “guardar excel”. Solamente quedaba esperar.

Domingo 12 de noviembre. 7:00 h. Después de una noche de insomnio por esos nervios, ya semanales, vuelvo a madrugar un domingo por el mismo motivo de siempre. Me levanto y me visto enseguida. Hoy los colores de la camiseta me llenan más de energía que ese aroma a café recién hecho. Salgo de casa dirección a la estación de Sants. Allí oficialmente empezaba todo. Llegar y ver tantas camisetas rojas un domingo por la mañana en Barcelona me termina de inyectar la dosis de energía suficiente para hacerme vibrar como si ya estuviera a pie de campo. Pero la realidad era que aún nos faltaban 130 quilómetros para llegar a nuestro destino y 90 minutos para conseguir nuestro objetivo. Repaso la lista de aficionados apuntados junto a mis compañeros Miquel, Joan y Tomeu. La suerte estaba echada. Directos a Lleida. Era el día perfecto para volver a ganar.

Diez y media pasadas y, por fin, llegamos a nuestro destino. No lo parece, pero dos horas de bus para un mallorquín se hacen eternas. Tiempo para charlas con los nuevos socios de la peña, para dormir o para repasar la lección de ese maldito examen que te ponen un lunes por la mañana (menuda mala leche). La cuestión era poder pasar de la mejor manera posible ese largo viaje, confiando en que la vuelta se haría mucho más corta. El autobús nos deja en los alrededores del Camp Esportiu. Ya se percibía ese ambiente a 2ªB al que tanto cariño le empezamos a coger (las victorias hacen mucho, obviamente) y la música y el olor a césped perfectamente cuidado que se transmitía desde dentro del estadio abrían la puerta para empezar una gran fiesta, la fiesta de ese fútbol más puro. Allí nos recibe la Peña “És un sentiment” del Lleida con un banquete espectacular (¡ni en las mejores bodas!): “pa amb tomàquet”, embutidos, patatas bravas y mucha, mucha cerveza. ¿Qué más podíamos pedir, a parte de una nueva victoria? Nos encanta organizar este tipo de quedadas con la afición rival y poder descubrir lo que de verdad significa el fútbol. Al final, la rivalidad dura 90 minutos y, más allá de eso, somos personas con unas mismas pasiones y sentimientos hacia un mismo deporte.

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Después de un intercambio de bufandas, foto colectiva y habiendo cogido las fuerzas necesarias para poder animar durante todo el partido era momento de volver al trabajo. Nos dirigimos a recoger las entradas y las repartimos entre todos los aficionados desplazados. ¡Qué barbaridad de entradas teníamos entre las manos! Parecía imposible que todo eso se llegara a agotar en dos minutos. “Todo ha salido bien” le digo a Miquel justo después de repartir la última entrada que quedaba. Y con una mirada llena de emoción me suelta una contundente frase que noventa minutos después ser haría realidad (perdón por el "spoiler" a todos aquellos a los que se os ha privado poder ver el partido...): “a por los tres puntos”. Había llegado el momento tan esperado.

Salen los jugadores al terreno de juego, nos miran y nos aplauden. Jugadores y afición. Una simbiosis perfecta. Nos necesitan al igual que nosotros los necesitamos a ellos. Esta temporada sí. A partir de ese mismo instante se hace inevitable no empezar a soltar los primeros (de muchos) gritos de ánimo desde la grada. Sorteo de campo (¡por fin veríamos al equipo atacando a nuestra portería en la segunda mitad!) y rueda el balón. Viendo los primeros minutos ya se avecinaba que sería un partido muy tranquilo en el campo, de esos a los que eres indiferente al paso del tiempo. Al Lleida le costaba generar y el Mallorca se empezaba a sentir muy cómodo con el balón. Tranquilidad en el campo, pero desfase en la grada. La sensación de celebrar dos goles a domicilio es inexplicable. Pero, sin ninguna duda, celebrar el segundo gol con los jugadores ha sido EL MOMENTO y LA IMAGEN de este viaje ("som una pinya!"). A falta de 20 minutos ya se avecinaba la crónica de un desplazamiento que a todos nos gustaría escribir. Además, el Formentera estaba ganando en el Martínez Valero... Y final. ¡Bendita locura!


Foto: José Raúl González, fotógrafo de FutbolMallorca.com

Viviendo los últimos instantes dentro del Camp d’Esports y felicitando a los jugadores muchos aficionados manifestaban que era la primera vez que veían al equipo ganar fuera de Son Moix. Menuda emoción. Había salido todo como queríamos y bajo el grito esperanzador de: “que sí, joder, que vamos a ascender” abandonábamos un estadio más para guardar en el cajón de los buenos recuerdos.

Últimos instantes disfrutando de la ciudad (incluso el tiempo se había puesto de nuestra parte) y vuelta a Barcelona con el mismo autobús de la ida hasta llegar en este mismo instante donde me encuentro yo ahora redactando estas líneas.

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El viaje de vuelta se está haciendo mucho más corto y no hay quien pegue ojo. A punto de llegar a Barcelona me vuelve a sonar en los auriculares la canción “Los seres únicos” de Love Of Lesbian. Definitivamente lo termino de confesar yo: “ha vuelto aquella fiebre de siempre”. Los mallorquinistas volvemos a sonreír.

Nos vemos en Olot.

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