La chica del metro

Cuando eres estudiante y vives en una ciudad como Madrid, el transporte público se vuelve necesario en tu día a día. Un cruce de líneas que atraviesan el subsuelo en un recorrido infinito. Un cruce de cientas de historias de miles de pasajeros que cada día recorren en modo automático el mismo trayecto. El mismo gesto para pasar el abono por los tornos, para abrir las puertas del metro, incluso para buscar con la mirada un asiento que te haga más ameno el viaje.

Pero hay días en los que no todo es monotonía. Hay días en los que cortésmente cedes el asiento a una persona mayor, guiñas el ojo al bebé de la madre que tienes justo enfrente para impresionarlo, miras disimuladamente al joven que, sentado en la otra esquina, hace como que toca una batería al ritmo de la música de sus auriculares o incluso tuerces la vista para averiguar qué lee la chica para estar tan absorta en el libro que tiene entre las manos.

Y mientras te estás jugando la contractura, descubres que ese título es el último que leíste y ese autor, tu favorito. Y aquella chica empieza a cobrar un interés especial. Ya no puedes dejar de mirarla esperando que alce la mirada y te descubra observándola. Y te descubre. Y devuelve la mirada al libro y tú no sabes dónde esconderte porque no esperabas encontrarte en esa tesitura. Pero piensas rápido y reaccionas. Vuelves a mirar hacia su zona, pero desviando ligeramente la mirada hacia la izquierda, como si quisieras hacerle ver que no la estabas mirando a ella. Pero te vuelve a mirar y tú, sonrojado, eres incapaz de mantener la posición y te retiras de nuevo a la trinchera, pensando que quizás tendrías que haber escuchado a tu hermano mayor cuando te daba sus consejos sobre ‘’cómo empezar a hablar con una mujer’’.

El anuncio de la siguiente parada te devuelve a tu mundo y al volver la mirada, ella, con la vista hacia abajo, cierra su libro y se levanta de su asiento. Piensas en bajarte. Lo piensas de nuevo y caes en lo estúpido que sería tener que esperar al siguiente metro cuando ya llegas más que apurado a clase. Y sigues con tus ojos sobre ella, esperando que se gire y te grite que estáis hechos el uno para el otro, que ese intercambio de miradas no se puede quedar sólo en eso. Pero se baja. El metro vuelve a arrancar y la contemplas subiendo por las escaleras mecánicas, con la oscuridad del túnel a punto de cubrirte por completo. Ahora sí te mira y te está sonriendo. Te atreves a levantar la mano y a hacer un ademán de adiós. Adiós y gracias por romper la monotonía, adiós y gracias por ilusionarte a pesar de que probablemente no volváis a coincidir en el mismo metro, a la misma hora, en el mismo vagón. A pesar de que no volváis a coincidir nunca. O quizá sí.

Duró el mismo tiempo que la chica del metro, rompió por unos instantes la monotonía, ilusionó igual que aquel cruce de miradas. Y tampoco te dolió su marcha. El gol de Arana. La victoria momentánea al Zaragoza. El pequeño atisbo de ilusión con el play-off. Te atreves a levantar la mano y a hacer un ademán de adiós. A pesar de que probablemente no volvamos a coincidir en el mismo metro, a la misma hora, en el mismo vagón. A pesar de que probablemente no volvamos a coincidir nunca. O quizá sí. Hasta el año que viene. Un día menos para volver a Primera.

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