El Apunte: El peligro de la resignación

El fútbol es una mezcla indescriptible de sentimientos. Muchos, con aires de prepotencia, critican a los aficionados a este deporte su devoción por él y la capacidad que tiene para sonsacar comportamientos y actitudes que otros fenómenos, quizás de mayor relevancia para la sociedad, no logran.

La lógica indica que la derrota lleva al “cabreo”, mientras que la victoria supone alegría y celebración. Lo segundo siempre es cierto – salvo que la victoria no sirva para lograr el fin buscado -, en cambio el primer fenómeno tiene un variante muy peligrosa y por desgracia cada vez más asidua en las personalidades bermellonas: la resignación.

El disgusto y los llantos provocados por el descenso a Segunda dejaron paso inicialmente a la convicción del logro del ascenso. Cuando éste se alejaba apareció el cabreo, el mal humor, las maldiciones a todos los jugadores de la plantilla y así jornada tras jornada, temporada tras temporada. Las aspiraciones de los mallorquinistas chocaban con la realidad y la amargura se prolongaba cada fin de semana. Salías del estadio de “mala leche”, arremetiendo contra todo, y permaneciendo en estado de ira futbolística incluso entre semana. Pero esto cambió.

Para unos ya hace tiempo, para mí a finales de la temporada pasada – lo sé, soy culpable-, algunos aún no han alcanzado esta sensación: llegó la resignación. Los resultados no son los que esperas, se vuelven a corroborar otra temporada con 7 puntos de 21, pero ya no te cabreas no. Bueno, quizás algo breve y esporádico, pero ya no lo de antes. Ahora vives resignado, asumiendo que vives otra vez lo de cada temporada, convencido de que volverá a tocar sufrir por lo negativo y no por nervios de posible ascenso. Cuando te preguntan el lunes por el resultado ya no respondes refunfuñando, simplemente te limitas a un “lo de siempre”. No armas una guerra con los amigos ajenos a tu club que te provocan, tampoco armas los revuelos anteriores en twitter.

El peligro de la resignación es que mata el sentimiento, jamás dejarás de tenerlo pero se va durmiendo lentamente, reduciendo la ilusión por ir los domingos a Son Moix creyendo saber lo que te vas a encontrar. Esto en el caso de los jóvenes. Los mayores, los de pueblos lejanos, ¿irán? Si los mallorquinistas profundos se resignan, ¿cómo es posible fomentar la incorporación de nuevos bermellones a la familia? No es fácil.

Cada victoria genera un pequeño atisbo de ilusión al que acogerse como un deshidratado a una gota de agua. Por suerte, al mallorquinismo le basta poco para abandonar la resignación, solo asomar la cabeza por la zona de play-off, algo que a día de hoy parece realmente lejano, abocando a cada vez más gente a ese estado mental tan peligroso: la resignación. Eso sí, jamás lo olvidéis, eso no les hace menos mallorquinistas.

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