''Cada año nos daba varios sustos, pero al final conseguía sobreponerse a todos y volver a su rutina sin dificultad. Sin embargo, hacía unos meses que sentíamos que algo no iba bien. Ninguno sabía explicarlo, pero incluso él apreciaba que se avecinaba un bajón difícil. Durante el día, perdía el equilibrio si caminaba más de 10 pasos seguidos, teniendo que sentarse para no desfallecer. Por las noches, deliraba mientras dormía, gritando de tal forma que todos nos despertábamos sobresaltados.

Con el paso de las semanas, los 10 pasos que su cuerpo aguantaba se iban convirtiendo en la mitad. Además, desvariaba ya sin entrar siquiera en el sueño. Cierto día en que los gritos provocaron la reacción airada de los vecinos, decidimos que teníamos que llevarlo al hospital antes de que fuera demasiado tarde.

El doctor lo tuvo claro nada más ver los análisis. Un virus dominaba su cuerpo y, con 100 años de vida, su recuperación se antojaba complicada. Podíamos entender por el tono del médico que la situación podría durar semanas, días o quizá horas. La realidad era la que era: se estaba apagando como una vela.

El tratamiento era agresivo desde la primera toma y así nos lo hacía saber con sus alaridos. No hablaba, no se alimentaba con nada más que suero y despertaba cuando sentía que la medicina le hacía arder por dentro.

El tiempo corría y las mejoras empezaron a llegar. Volvía a hablar, comía con algo de apetito y dormía con una tranquilidad que no recordábamos en meses. El doctor nos decía que aquellas reacciones eran normales, pero que no era una razón certera para pensar que iba a superar la enfermedad. A veces preferíamos hacer oídos sordos a sus palabras para mejorar nuestro decaído estado de ánimo.

Y, cómo no, el matasanos tuvo razón. La realidad nos volvió a azotar en la cara y los gritos volvieron con un nivel de decibelios infinitamente superior a la media. Las esperanzas empezaban a ahogarse entre los pasillos de aquella cárcel para desdichadas historias. El Titanic estaba aproximándose al iceberg.''

El final de esta historia todavía no ha sido escrito. Quedan 18 jornadas y el abuelo centenario, nuestro Mallorca, afronta desde las posiciones de descenso un final de liga que puede suponer el desenlace del ya habitual coqueteo con Segunda B. Esperemos que esas líneas postreras estén cargadas de una buena noticia que, a día de hoy, parece tan delicada como lejana.

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