De amistades que duelen

Joan y Lluís eran amigos desde el jardín de la infancia. Uña y carne desde el primer momento en que sus respectivas madres les abandonaron a su suerte en aquel primer día de guardería. Se vieron solos ante el peligro y abocados a una unión que parecía predestinada. Con el paso de los meses, Joan se erigió como el travieso y descarado mientras que Lluís lo hizo como el tímido y bonachón; Joan el moreno, Lluís el rubio; Joan Silvestre, Lluís Piolín. La noche y el día. A pesar de ello, Joan ayudaba a Lluís siempre que éste, fruto de su retraimiento, no era capaz de articular palabra con sus compañeros.

La guardería dio paso al colegio, donde siguieron con su entrañable relación. Joan ya era considerado uno de los chicos malos de la clase. Tenía en su haber más de una decena de castigos, todos y cada uno de ellos por un distinto motivo. Lluís, sin embargo, pasaba totalmente desapercibido. Seguía al lado de Joan, a pesar de los constantes consejos de los profesores de que se alejara de él, ya que era una mala influencia. Cuando Joan se metía en problemas, Lluís no dudaba en sacarle las castañas del fuego. Sin embargo, en algunas ocasiones, Joan abusaba de su papel de dominante para proferir burlas hacia Lluís: le soltaba alguna colleja sin venir a cuento, le humillaba delante de sus compañeros… Un sinfín de travesuras que ‘’el pobre Lluís’’ soportaba sin rechistar.

Su amistad era infranqueable y por si fuera poco, el destino quiso que sus caminos siguiesen unidos en la universidad. Pero ni siquiera la madurez de la mayoría de edad había cambiado a Joan. Ahora vestía chupas de cuero y tenía una moto que hacía las delicias de las jóvenes universitarias haciendo gala de un erostratismo inaguantable. Parecía sacado de una película de Mario Casas. Pero contra todo pronóstico, Joan era quién ayudaba a Lluís en la época de la carrera, haciéndole partícipe de su grupo de amigos cuando más solo se encontraba en los primeros días de clase. Luego, todo volvió al cauce de la normalidad, con las habituales artimañas de Joan para ridiculizar a su fiel amigo.

Iban a vivir tiempos de aventuras juntos durante muchos años, pasando los mejores momentos de su vida el uno al lado del otro. Rutas en coche por toda la península, excursiones transoceánicas sólo con la mochila en la espalda, mil y un conciertos… ‘’La mejor etapa de nuestras vidas’’ la solían llamar. Pero por desgracia, lo bueno no dura para siempre y la relación empezó a tener sus más y sus menos.

En una ocasión, ya con la treintena de años bien cumplida, Joan y Lluís hicieron un viaje juntos a Menorca de una semana, en la que iban a hacer turismo para conocer un poco más los recovecos de la antigua isla británica. Joan, con familia menorquina con la que se iba a encontrar de casualidad en Mahón, decidió hacer vida con sus primos, dejando de lado a un Lluís que se prometió no volver a viajar nunca más con éste. Fue la primera vez que Lluís notó que su paciencia disminuía, y la primera vez en que se enfadó de verdad por un periodo largo de tiempo.

Al cabo de unos años y con el conflicto ya solucionado, Joan cometió el peor de sus pecados. Había estado quedando con Laura, la exnovia de hacía escasos meses de Lluís, y éste último, fruto de una retahíla de causalidades y casualidades, los había descubierto in fraganti. La segunda vez que Lluís se enfadaba con Joan, y después de más de 30 años de amistad, iba a ser la última. No podía seguir con aquello tras semejante traición.

El tiempo corrió para cada uno y se vieron abocados al olvido, con pequeñas pinceladas que hacían al uno acordarse del otro, y viceversa. Tras cientos de perdones a lo largo de los años por parte de Joan y otros tantos rechazos de Lluís, una lluviosa tarde de mayo, el universo les iba a volver a juntar. Joan se había caído de la moto, quedando en estado muy grave. La noticia corrió como la pólvora por la ciudad y no tardó en llegar a oídos de Lluís, quién conmocionado por el trágico suceso, no dudó en salir nada más enterarse rumbo al hospital.

Al entrar en la habitación se le vino el mundo encima. Todo enfado perdió relevancia en aquel momento y lo primero que hizo fue pedir permiso a la enfermera para abrazarle, obteniendo un no por respuesta dada la horrible situación de Joan. Las lágrimas no dejaban de caer por su rostro. Se acercó a la silla que estaba junto a la cama y acercó su mano a la de su amigo.

A lo largo de esos días de agonía, Lluís no dejó de repetirle a Joan que le perdonaba, que después de todo lo que habían vivido y de su amistad, no debería haber habido nada que pudiera interponerse entre ellos dos, ni siquiera una mujer. Que volviera, que no se podía ir, que esto no podía acabar así. Sólo le quedaban fuerzas para una súplica más. Seguía desde el primer día con la mano agarrada a la de Joan y volvió a repetir, esta vez sin poder evitar llorar durante el discurso. ‘’Si me escuchas, apriétame la mano. Por favor, Joan, apriétamela…’’ Y respondió. Sintió la presión, suave pero más intensa que nunca, de aquel apretón de manos. Una sonrisa iluminó el rostro de Lluís que, a pesar de que sabía que su amigo aún corría peligro, no pudo evitar cargarse de optimismo y esperanza. Iban a salir de esa. Juntos, como desde el primer momento en que sus respectivas madres les abandonaron a su suerte en aquel primer día de guardería.

El Mallorca es el amigo que te fastidia, que te hace la puñeta, que te da mil alegrías pero dos mil tristezas. El motivo de tus sonrisas, y el de tus llantos. Al que mandas a paseo porque no puedes aguantarle más, pero vuelves porque no sabes vivir sin él. El Mallorca ha tenido un accidente grave y está en peligro real. Necesita que le tendamos la mano, que nos reconciliemos con él. Ha apretado la mano pero aún corre peligro. Vamos a salir de esta.

Juntos, como desde el primer momento en que sentiste al Mallorca como un sentimiento, como un amigo. Y a un amigo nunca jamás se le abandona. El domingo se juega la siguiente final. No le sueltes la mano.

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