Sábado, 3 de junio, Madrid. Las calles bailan al compás de los cánticos madridistas. El Real Madrid acaba de conquistar su duodécima Champions y la felicidad inunda a la parte blanca de la ciudad. Paso por delante de la diosa Cibeles, rodeada de bufandas, camisetas y banderas, y siento que con los ojos me pregunta: ‘’¿Y tú no?’’ Mañana, le respondo, mañana es mi final.

Amanece otro día más en la capital bajo un cielo azulado que augura calor. Son las 12 de la mañana en Tetuán y un Audi A1 azul comienza su camino hacia quién sabe dónde. Camino a Miranda. Camino al infierno. Camino a la salvación. Camino a una aventura de las que no se olvidan. Todavía no hay camino a ningún lado. Ya lo decía Machado: se hace camino al andar.

Jaume conduce bajo la tutela de Joaquín, mientras Pedro y un servidor se sitúan en los asientos traseros. No nos conocemos personalmente los de delante y los de detrás, pero sabemos que hay algo en ese sitio y en ese momento concreto que nos une de forma irracional. Todos viajamos con un chispazo de ilusión, un ápice de esperanza que nos obliga a recorrer 350 kilómetros para presenciar la última salida del año de nuestro Mallorca. Todos percibimos en los otros el miedo de lo que puede ocurrir en el lugar al que nos dirigimos, pero también sabemos que si tenemos que volver portando un ataúd, lo haremos en familia y con lágrimas teñidas de bermellón.

Madrid nos abandona rápido y Castilla y León nos recibe con un cielo amenazador, hostil, que parece buscar intimidarnos. Volved antes de que sea demasiado tarde, dicen las fuertes gotas que provocan un fuerte estruendo al golpear en el parabrisas. ‘’Genial. No pasaremos calor en tierras castellanas’’ comentamos. Tendrás que mandar algo más fuerte, universo.

Suena Love of Lesbian desde que hemos salido (cortesía de Jaume), pero ahora es ‘’Fantastic Shine’’, probablemente la única canción que los 4 conocemos. Apenas llevamos unas horas juntos, pero ya estamos cantando como si aquella experiencia hubiese unido nuestro recorrido desde mucho antes. El viaje tiene ese cariz de inolvidable. Para bien o para mal sabemos que será un día que permanecerá en nuestras memorias.

Toca parar a comer y Aranda de Duero es el objetivo. La ciudad nos recibe con viandantes con cara de frío y abrigados con chaquetas gordas. No nos creemos que a 4 de junio esta gente vaya vestida así. Aparcamos y salimos del coche en busca de un buen lechazo, el plato típico de los restaurantes arandinos. Sólo vestidos con la camiseta del Mallorca, apenas tardamos un minuto en abrigarnos tanto o más que los habitantes de aquel iglú camuflado en medio de la temporada estival.

Reponemos fuerzas con morcilla, croquetas, chorizo, pimientos con ventresca, lechazo, hojaldre de crema, rosquillas y café. La camarera nos pregunta de qué equipo somos. Del Mallorca, respondemos. ‘’Mi sobrina trabaja en la isla. Ojalá yo pudiera trabajar allí también’’ nos confiesa. Nos desea mucha suerte y nos dirigimos a otra parada importante, más para unos que para otros: el chino. Jaume decide hacer una inversión casi como la de Sarver y se lleva media tienda: chubasqueros, pinturas para la cara, globos pequeños, un globo gigante…  

Son las 16:30 y nos dirigimos hacia Miranda de Ebro. Ya no hay tantas bromas. Lo que sentimos en la barriga no es la comida de la que acabamos de disfrutar, sino los nervios que nos van a acompañar hasta la hora del partido. Se respira ambiente de encuentro de trascendencia: nos jugamos la vida.

Y llegamos a Anduva. Ya no podemos huir. Vemos el verde del césped del coqueto estadio del Mirandés. El autobús llega entre gritos de ánimo a los futbolistas y se percibe el ambiente de las grandes citas, aquellas en las que el mallorquinista, por muchos kilómetros que haya, no falla nunca. Nadie cree en nada más que en sacar los 3 puntos. Quizá es más fe que realismo, pero esa fe mueve montañas y el realismo podía hacer daño. Hacía dos semanas, el Valladolid había dejado escapar los 3 puntos tras dejarse empatar con un jugador más en el 92. El conjunto rojillo estaba compuesto por 11 jabatos que no iban a poner las fáciles. Ni mucho menos.

Tras el reparto de entradas, la hora D se ve más cerca. Accedemos el estadio y la megafonía del estadio solicita en la puerta 6 la presencia del responsable del Mallorca. Ese es Jaume. Empezamos bien, comentamos Joaquín, Pedro y yo. Nos cambian de grada por previsión de lluvia para que no nos mojemos. A ninguno de los allí presentes con zamarra bermellona le preocupaba lo más mínimo el agua, pero agradecemos el detalle del Mirandés. Tomamos posición y preparo el transistor para seguir el resto de partidos. Me tiemblan las manos para desenredar los auriculares, cuando el árbitro pita el inicio. Me santiguo 9 veces, múltiple de los 3 puntos que quiero llevarme de allí y el balón empieza a rodar.

La lluvia no nos alcanza, pero nos empapamos a los 2 minutos con un tremendo jarro de agua fría. Maikel Mesa acaba de marcar el primero para el conjunto local. Me hallo tan incrédulo que no me entero de la narración del gol en la radio. Los ánimos han decaído demasiado rápido para una hinchada que ha recorrido tanto por animar a este Club.

En el minuto 31, ya no cae un jarro de agua fría, sino una cascada que se lo lleva todo por delante. Estamos 2 abajo en el campo del único equipo descendido de Segunda, mientras nosotros nos jugamos la vida. Abandono mi posición y me siento en el suelo. No me apetece seguir viendo el partido. Apago la radio. Para qué escuchar los resultados si ni siquiera somos capaces de ganar. Mirada perdida en toda la afición, o eso supongo, porque no consigo alzar la mirada. Pero marca Culio y se reaviva la ilusión. Una ilusión que a mí no me alcanza. Ni siquiera celebro el gol, pero sí vuelvo a ver el transcurso del partido. El descanso nos llega con un castigo demasiado cruel para el esfuerzo realizado por los que nos encontramos en aquella tribuna de Anduva. Muy, muy cruel.

No tengo ganas de animar. No tengo ganas de seguir viendo el partido ni de seguir creyendo en el equipo. Escucho a alguien gritar: ‘’Nos quedan 45 últimos minutos en Segunda División y tenemos que dejarnos la voz como si nos fuera la vida en ella. Animemos hasta que acabe por si fuera nuestra última vez en Segunda’’. Es Joan, un viejo amigo del colegio, y, considerando que tiene razón, consigue que me una a sus cánticos. No creo, no puedo creer, pero voy a animar hasta que muramos.

Empieza la segunda parte y el Mallorca empuja como nunca. El tiempo pasa. El gol no llega. Los goles no llegan. Marca el Alcorcón en Murcia. Gana el Nàstic en Tenerife. Vence el descenso a los casi 300 aficionados desplazados. En el minuto 86 marca Lekic el empate. Hay que creer. Ni siquiera la victoria nos deja las cosas sencillas, pero nos venimos arriba y empujamos como 8000. 3 de añadido. Falta en la frontal del área. Está muy cerca y muy centrada. Será la última. Moutinho coge el balón. Puede valer una salvación. Dispara con el corazón de todos los mallorquinistas en la bota y la lanza al larguero. Es el final. Se acabó. El Mallorca es matemáticamente equipo de Segunda B.

Desconozco qué ocurre tras pitar el final del partido y los siguientes minutos. Tras años esquivándolo de milagro, se había consumado. Era el descenso. Se acababa el fútbol profesional para la isla. Nadie se atrevía a decir nada. Las lágrimas y el silencio decían mucho más que las palabras.

El viaje de vuelta nos espera. 350 kilómetros de martirio hasta la capital. Paramos a cenar a medio camino. No hay ganas de nada. Nadie habla. La noche invade una autopista transitada únicamente por 4 almas tristes que visten de luto. Madrid no llega nunca y, cuando llega, todavía sigue con resaca de la victoria del equipo blanco. Volvemos a pasar por la Cibeles y me vuelve a mirar, esperando que le responda con una sonrisa, sonrisa que nunca llega. Los tuyos nunca sentirán lo que es un descenso, le susurro, ni siquiera tú acogerás un ascenso. Por un momento, me imagino celebrando el ascenso a Segunda en Tortugas. Al volver a la realidad, es la hora de despedirse de Jaume y Joaquín.

Cuando llegamos a casa, no tenemos ningún tipo de sueño. Yo me tumbo en la cama deseando que al día siguiente todo haya sido una pesadilla, un mal sueño que simplemente hubiera existido en mi inconsciente. Pero no. Por cómo duele, sé que no habrá sido un mal sueño.

El amanecer del día siguiente es probablemente uno de los despertares más duros que recuerdo. Tras la vorágine de emociones del viaje, el olor a descenso me golpea con fuerza y me tumba de un puñetazo. Me siento como si me hubieran dado una paliza. Recibo mensajes de varias personas con ánimos. Es todavía más duro de lo esperado. Twitter no habla de otra cosa y nadie que no sea mallorquinista entiende por qué tanta tristeza. ‘’Es sólo fútbol’’ dicen. No entienden nada. Le mando un mensaje a Jaume para darle las gracias por todo, abatido. Tras su respuesta, presiento, por primera vez, que ya no es el final de un camino, sino el inicio de otro. Con su mensaje despido esta crónica que jamás quise escribir del viaje al que nunca, aun sabiendo el resultado, hubiera faltado. Ni yo ni los 300 valientes que estuvimos aguantando el chaparrón en la grada de Anduva.

‘’Ahora estamos en la mierda, pero el Mallorca siempre vuelve. Fue recibido en el año 60 por 80.000 personas en el puerto por el primer ascenso a primera para, 14 años después, encerrarse por primera vez en un vestuario a modo de protesta. Recogíamos militares de la base antonio Asensio para ir a jugar los partidos de tercera, y volvimos a subir a primera para volver a bajar otra vez. Luego vino la primera final de copa, la conversión en SAD con miles de pequeños inversores detrás que se sintieron engañados y otro descenso. Sin ilusión hasta la llegada de Asensio y Beltrán. El resto ya lo sabes.

El Mallorca es cíclico, se reinventa cada vez. 102 años no eran fáciles de capear. Si hay algo seguro es que volveremos!!’’

Cuando por fin me atrevo a escribir estas líneas tras varios días de letargo, siento una sensación diferente. Aquella que me recuerda que hoy, 7 de junio, falta un día menos para volver a Segunda.

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