El Mirandés anuncia en su Twitter que los socios ya pueden pasar a recoger las entradas para el partido de vuelta del play-off de ascenso. Inmediatamente le escribo a mi buen amigo Dani, mirandés residente en Madrid.

10:05 —Dani, necesito entradas para Anduva. ¿Ves posible conseguirme alguna?

10:10 —Mmmmm… creo que sí. ¿Cuántas necesitas?

10:12 —Todas las que puedas.

14:05 —Tengo tus entradas.

Hay conversaciones que marcan caminos. Palabras, frases, expresiones que se convierten en un faro de luz en un recorrido que parece sumido en la oscuridad. Aquella frase me abría las puertas del cielo o de infierno, según lo quisiéramos ver, pero yo siempre he sido de creer en las casualidades, de escuchar y respetar a las corazonadas y, sin lugar a dudas, aquel era un buen inicio para una larga historiaEsa iba a ser la segunda ayuda del destino. La primera, ya se había producido en el partido de ida.

Ese fin de semana pasado, conocí a Tomeu, a Miquel y a Jordi, miembros de la Penya Mallorquinista Universitària de Barcelona (PMUB para los amigos). Yo había venido solo a ver el partido de ida desde Madrid, llegada el sábado y vuelta el domingo a última hora. Joan, amigo desde los 3 años, me acogió con su grupo de la PMUB y estuvimos viendo el partido juntos. Al acabar, con la bilirrubina por las nubes, me comentaron una idea maravillosa que no hacía más que confirmar aquel maravilloso presagio que ya había empezado a gestarse en la obtención de entradas.

—Javi, vamos a dormir el sábado en Miranda. ¿Te quieres venir?

—Buen plan, voy a mirar ahora en casa los billetes a ver, que tendré que ver cómo bajo de Bilbao a Miranda.

—Te podemos venir a buscar.

Llego a casa con ansia viva por coger mi billete a Bilbao y para seguir con la línea de mi fortuna me encuentro con un precio regalado y a una hora coincidente con la llegada de Joan, Jordi, Miquel y Tomeu. Mamá, papá, voy a comprar el billete. Pagado. Estamos dentro. Con ida, con entrada y sin vuelta, pero dentro. Ya nada nos puede parar.

Nada de lo que ocurre durante la narración de estos hechos es fruto de la casualidad, todo tiene un perfecto sentido para que, al final, todas las piezas del puzzle encajen. Pero no hagamos spoilers todavía.

En la misma semana de toma de decisiones clave para el partido, se me presentó un nuevo dilema: alguien de RCDM.es podía ir acreditado. Lo tenía claro, si nadie la quería, quizá me convenía cogerla, por lo que pudiera pasar. ¿Y si subíamos y los jugadores invadían a Vicente Moreno en la sala de prensa al grito de campeones? Yo eso quería vivirlo. Si nadie la quiere, pon la acreditación a mi nombre, le digo a Xisco. ¿Cómo va a quererla alguien, suponiendo esto vivir el partido desde una zona alejada de los mallorquinistas? Mi suerte me permitió tener las dos opciones abiertas durante todo el proceso.

Aquí viene mi mayor preocupación: la lluvia, que jugará un papel decisivo en este viaje en la interpretación de señales del universo. Yo soy de los que si me mojo un rato largo con frío, está al día siguiente está en el hospital. Y quizá con la acreditación podría bajar al final del partido con la afición a animar. Pero bueno, eso era en la remota posibilidad de diluvio universal, y no convenía pensar en ello.

Llega el sábado. Mi partida. Nunca he sido fan de los aviones. Odio las turbulencias y últimamente he pisado todos los aviones acompañados de tormentas con nombres, con los consecuentes sudores producidos dentro del avión. Un tranquilizante a veces no es ni suficiente para llevar aquello. Desde el jueves, pendiente del clima de Bilbao para ver qué panorama nos esperaba para aterrizar en la tierra del mal tiempo. Tormenta. Trago saliva cada vez que actualizo la información el viernes, el sábado por la mañana, el sábado por la tarde, el sábado minutos antes de subir al avión… Inevitable comerse la tormenta. Me tocará agarrarme fuerte al avión. El presagio positivo se diluía por momentos.

Instantes antes de subir al avión, ocurren dos cosas importantes:

Por una parte, los de la PMUB me comunican que van con retraso y que no creen que puedan venir a buscarme en hora, que llegarán bastante más tarde lo previsto. Presagio apuntando a negativo.

Por otra, estoy leyendo Twitter momentos antes de entrar en el avión. Veo mallorquinistas en la puerta de embarque y eso me alegra a la vez que me relaja. Sufrir juntos otra vez, aunque sean rayos y centellas y no fútbol, me reconfortaba. Uno de los tuits que veo es de alguien que tuitea mi puerta de embarque. Un tal Julià al cual no pongo cara, pero como todos somos una familia, le cito el tuit poniendo: No sé cuántos mallorquinistas iremos en este vuelo (entre risas).

Julia

Pasan dos minutos y me vibra el móvil. No espero mensajes de nadie, pero Julià ha respondido a mi tuit.

Son 4 en un coche que va a Miranda. God bless the Mallorquinismo. En Bilbao hablaremos. Yo de momento me enfrento a mi batalla personal contra el avión. Me siento y trato de relajarme. Me gusta ponerme un temporizador con la duración prevista del vuelo para ir viendo cuánto me queda de patiment. Cuando el reloj marcaba 20 minutos restantes y el comandante indica que estamos “ready for landing”, comienzan los sudores fríos. Voy mirando por la ventana y veo que vamos rodeando nubes. Ninguna nos toca. Nubes feas, negras, oscuras y llenas de malicia y agua. Ni un sólo roce. NI UN SÓLO ROCE. Y aterrizamos en Bilbao con una calma que ni el minuto 90 del Mallorca 7 Recreativo 1. Felicidad. Ahora me toca coger la maleta y encontrar a mi salvador Julià, que acompañado de Joan, Jordi y Magda me llevarán a Miranda de Ebro.

El presagio vuelve a estar de mi lado. El viaje es perfecto y me dejan en el hotel.

Ya de primeras, los mirandeses nos acogen con cariño. El hotel es tranquilo, acogedor, y yo sólo deseo que pasen las horas cuanto antes. Sin embargo, decidimos alargar la noche y salir a tomar algo por tierras burgalesas.

En una arriesgada decisión, Joan y Tomeu salen con la sudadera del Mallorca de fiesta. En el primer bar nos preguntan si somos jugadores del Mallorca. La que podríamos haber liado. Pero al final todo queda en una anécdota, y Joan, el falso Abdón, descubre su verdadera identidad.

La noche avanza y en una discoteca llamada La Madre, se produce la madre de los encuentros de mallorquinistas. Media sala conquistada por vestimenta del Mallorca, cantando y coreando canciones. El DJ Jabato contraataca y pone el himno del Mirandés, para regocijo de los mirandeses asistentes. Nos cantan y el buen rollo predomina en Miranda de Ebro. El fútbol era esto, y no aquello de impedir entrar con según qué al campo. Ya llegaba el domingo.

La tormenta me preocupaba para el avión pero también para el partido, como ya he comentado antes. Sin embargo, aquel domingo, con 18 grados y un solazo que nos derretía, todo parecía estar de cara. Benditas equivocaciones de las aplicaciones de meteorología, ¡contigo empezó todo Roberto Brasero!

Primer pit-stop para recargar energías junto a más mallorquinistas en un bar con terraza que compartimos con mirandeses. Todo son buenas palabras, buenas caras, amabilidad, desear suerte y abrazos. Qué maravilla el fútbol en sus peldaños no profesionales, qué maravilla sentirte en casa a 700 km de tu estadio.

Un momento. Se está jugando el Majadahonda-Cartagena. Pausa en el buen rollo. Yo quiero ver esos últimos minutos finales que quedan. Nos incorporamos en la tele en el minuto 90. Añaden 7. El Cartagena traía, como nosotros, ventaja de casa, pero un gol del Rayo, les mandaba a la repesca. En el 98, y de la forma más cruel que el fútbol puede acometer, con un gol en propio, se acaba el sueño de los murcianos y se despierta el de los madrileños. Me alegro por el resultado. Un aliciente más por si subimos: podré ir a Majadahonda. Pero odio confiarme y me quito ese pensamiento de la cabeza.

Más en frío, pienso en que el Cartagena ha perdido aun saliendo con ventaja. Ahora tengo más miedo. Son las 14:00h, quedan tres horas y media para el partido y el sol sigue caldeando el ambiente, y lo celebramos.

¿Sabéis aquellas personas que cuando cae una gota dicen, como si el resto no se enterara, “está lloviendo”? Pues ese soy yo. De camino a Anduva, donde nos espera el bus, se pone el cielo feo y nos empapamos durante la llegada del equipo. A todo esto, yo cada media hora seguía mirando la app de El Tiempo para ver si cambiaba la previsión para el partido: lluvia, tormenta, lluvia y más tormenta. Temblando.

Como Moisés abriendo los mares, nada más acabar la recibida, se detiene la lluvia y vuelve a brillar el sol. Una hora y media para el partido. Me acerco a recoger mi acreditación, que me comentan me puedo quedar (yo no suelo ser el que va acreditado a los partidos, entonces desconocía este detalle) y me hace soberanamente feliz. El tiempo no avanza y los nervios crecen a raudales.

A las 16:50 me pongo a repartir las entradas para el partido a mis amigos. Tengo la cartera bajo llave, nivel enfermizo, desde el viernes. En cuarentena por miedo a perder las entradas. Meto la mano y saco una entrada: CD Mirandés - RCD Mallorca, LFP, 2017. Algunos pensarán que soy un guarro que no limpio la cartera, que también, pero la realidad es que me pareció precioso encontrarme con aquello en aquel momento, como sabiendo que era el momento de resarcirse de aquel tortuoso viaje del año pasado.

Nos dirigimos para el campo y, en un acto de valentía, dejo la chaqueta y sólo cojo el chubasquero. Ya lo tengo decidido. Me la juego a la lluvia. Si llueve, como diría Joan Dausà, que plogui amb tanta força que s’endugui avall la història.

Entramos con nuestra vestimenta en zona local, junto con los mirandeses, y nos obligan a taparnos los emblemas del Mallorca. Nos giramos ridículamente las chaquetas, bufandas, gorros y boinas (un saludo a nuestro amigo vendedor de boinas, esperamos que hiciera buena caja). Nada más pisar la grada, las volvemos a girar. ¿Tanta tontería para esto? Yo creo que ni siquiera los guardias querían hacer eso, pero YA ESTÁBAMOS DENTRO.

En ocasiones, sientes esas mariposas en la barriga que te indican que las cosas van a salir bien. Nunca sabrás explicar por qué, pero eso se siente, se percibe. Y cuando los jugadores saltan al campo y empieza el rugir mallorquinista, te reafirmas y piensas para tus adentros: hoy sí, con estos sí, con estos al puto fin del mundo.

Estando allí, a ras del césped, te acuerdas de todos aquellos que no pueden estar aquí contigo y que lo merecen más que nadie, como los Berros, @soydelmallorca, @JoanSonite, de Pau -el famoso amigo de Daniel-… y un largo etcétera de mallorquinistas que desde donde fuera seguro habrán seguido con más tensión el partido. Debo confesar que la mañana posterior al partido, leyendo los tuits de @esberro diciendo que sus compañeros de trabajo le habían obligado a ir a Tortugas dos horas antes de que acabara su turno, se me han saltado unas lagrimitas. Ojalá en el próximo ascenso podamos estar todos juntos.

17:30 h. Empieza el partido. Creo que hablo en nombre de todos los mallorquinistas si menciono la tortícolis que tengo hoy de mirar 750 veces el minuto en el que estábamos en el marcador. El tiempo nunca pasó tan lento. Durante el partido, en los lances y las continuas pérdidas de tiempo del genio de Manolo Reina, me "encaro" amistosamente con varios aficionados del Mirandés, bromeando sobre si piscinas de los jugadores o entradas muy fuertes, todo con mímica y desde el buen rollo. Descanso. 0-0 y 45 minutos para la gloria.

En el descanso, me acerco a mis simpáticas interlocutoras en el partido para decirles que estoy picando de broma. “No te preocupes, nosotras también, que gane el mejor y mucha suerte”. Me encanta el fútbol en el campo y más allá de él. Me bajo con una sonrisa en la cara y me dirijo al bar con mis amigos.

Mención especial a tres cosas de Anduva: lo primero, a los precios populares de Anduva en el bar. SON MOIX BAJA LOS PRECIOS. Segunda, digo segundo… a la chica de seguridad de Anduva con la que cada vez que me acercaba a la zona de los mirandeses bromeaba con taparme el escudo del Mallorca. Y la tercera, el maravilloso cántico de “Si no queréis jugar pa que venís”. TOP 50 Viral en Spotify. Si es que de verdad, no hagáis caso a aquellos que dicen que el fútbol son 22 tíos o tías corriendo detrás de un balón. No entienden nada.

Empieza la segunda parte. Los minutos no pasan. La lluvia amenaza al otro lado del campo, sobre los aficionados burgaleses, si miro hacia arriba, no veo más que cielo azul, y ese es EL PRESAGIO. Allí siento que todo está de cara, que no va a llover y que sí, joder, que vamos a ascender.

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No sabéis qué sensación es la de estar preocupado por el chaparrón y ver cómo las nubes te bordean, como si un aura nos cubriera de las aguas de Tláloc, el Dios de la lluvia. (Lo he buscado en Wikipedia, no tenía ni idea)

Se añaden 6 minutos. Sigue el 0-0 y a pesar del malestar, en la grada visitante y en parte de la local, ya huele a fútbol profesional. Y se acabó. Somos de Segunda División. Se me ponen los pelos de punta de recordarlo tan fresco. No lloro, me emociono pero no lloro. Supongo que se debe a no haber sufrido lo esperado. Pero lo agradezco y me invade la felicidad. Me acerco a mis amigas mirandesas. Me desean la enhorabuena y yo la mejor de las suertes. Una señora mayor me para de vuelta a mi sitio y me dice: chico, enhorabuena. Y me da dos besos. Bendito fútbol. ¡Lo que se pierden los que no te disfrutan!

Me intento colar entre la gente para estar en primera fila y ver lo que ocurre pero no soy capaz y se me ilumina la bombilla: la acreditación. Me pego un sprint y pregunto si puedo acceder al campo. “¿Prensa? Claro, hombre, pasa, pasa.” Estoy pisando Anduva y en breves segundos estoy grabando y fotografiando toda la celebración desde dentro. Le doy la enhorabuena a Steve Nash como quien va a comprar el pan a la panadería de su barrio y me pongo a inmortalizar y sobre todo a vivir todo lo que puedo. Qué pasada, qué ilusión y qué pasión mallorquinista en tan pocos metros.

Somos de Segunda. Somos de Segunda. Y se canta: el año que viene Mallorca-Mirandés. Pelos de punta. Los mirandeses piden silencio para hacer su particular celebración a la islandesa. Respeto máximo, honor al derrotado y honor al campeón. Ojalá que suban también con nosotros.

Me queda un tema por resolver que se convierte en mero trámite: la vuelta a Madrid. Javi me presenta a María y me dice que ella baja a Madrid. Le pido que si tiene hueco y me confirma que sí, que por supuesto.

¡Lo que cambian los viajes de vuelta cuando eres feliz! Me llega un mensaje de voz  de Colombàs, que el año pasado fue conductor en la vuelta a Madrid tras el descenso, y me dice: Qué amena se me está haciendo está vuelta, ¿eh? Y qué vas a contestar a eso, pues con un: VAMOOOOOOOOOOOOOOOS.

Las tres horas me pasan más rápidas que el partido y llego a casa, encontrándome por el camino con madridistas que vuelven de la celebración de la Trécima. Nos cruzamos miradas y saben perfectamente quién está más feliz. No sé si también son conscientes de que nunca sabrán lo que es esto, un ascenso con tu equipo desde el barro de la Segunda B.

Hay una frase que le leí el otro día a Héctor Romero en Twitter y que me ha encantado: el fútbol es una estupidez que crea vínculos eternos.

Esos vínculos eternos con Rafa, con Jordi, con Joan, Tomeu, Miquel, María, Xisco, Jordi, Magda, Javi, Joan, Vicky, Gontxo, Jaume... con todos los mallorquinistas y con uno mismo.

Y joder, visto así, el Mallorca es la mayor de las estupideces.

Ya en la cama, hago recuento de mis amuletos: el poquito de césped de Anduva que he robado a escondidas y que he guardado bajo llave, mi acreditación, la cual conservaré para siempre, y la sudadera que he portado todo el partido, que será mi nueva sudadera de viajes. Lo dejo encima de la mesa y, antes de apagar la luz, no puedo evitar coger la sudadera y ponérmela para dormir con ella. Hoy necesito dormir con ese escudo en el pecho. Hoy necesito saber que este sueño no lo ha sido y, que cuando me despierte, cuando nos despertemos, volveremos a pasear el nombre del Mallorca por los campos de Segunda División, por los estadios de la élite del fútbol. WE. ARE. BACK.

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