Foto: LaLiga

Ficha técnica

C.D. Mirandés: Sergio Pérez; Carlos Moreno, Quintanilla, Álex Ortiz, Kijera; Eguaras, Ruper, Sangalli, Guarrotxena (Álex García, 74'), Maikel Mesa (Provencio, 55'); Pedro (Urko Vera, 86').

R.C.D. Mallorca: Santamaría; Campabadal, Ansotegi, Pleguezuelo, Oriol; Zdjelar (Lekić, 48'), Vallejo, Culio (Salomão, 68'), Lago, Yuste (Moutinho, 83'); Brandon.

Árbitro: Juan Luis Pulido Santana (Comité de Las Palmas) amonestó a los locales Guarrotxena, Kijera y Sergio Pérez y al visitante Oriol.

Goles: (1-0): Maikel Mesa, 2'; (2-0): Guarrotxena, 34'; (2-1): Culio, 40'; (2-2): Lekić, 87'.

Incidencias: Partido correspondiente a la 41ª jornada del Campeonato Nacional de Liga de Segunda División disputado en el Municipal de Anduva ante 1.601 espectadores, 300 de ellos mallorquinistas, baja entrada provocada por las festividades locales de San Juan del Monte y el descenso matemático de los burgaleses. El Mallorca certificó su regreso a la Segunda División B treinta y seis años después del ascenso de 1981, siendo primera vez que se cae a dicha categoría y tercera campaña que se abrirá en esta

Resumen

El RCD Mallorca certificó en Miranda de Ebro su primer descenso en 101 años de historia a Segunda B, tras estar 36 sin pisar la categoría y 42 sin ser relegado a la tercera división del fútbol español en cuanto a importancia. La vergüenza se culminó después de noventa minutos en los que se resumieron a la perfección los más de nueve meses de campeonato, demostrando una actitud bochornosa arrastrándose en el campo del colista y con una disposición táctica de Sergi Barjuan que fue imposible de entender con extravagancias como Yuste de mediapunta. El tristísimo (y merecido) colofón a cuatro temporadas en las que no se ha sabido hacer nada más que moverse entre minas, tanto que una ha acabado por explotar.

Lo que sucedió durante el partido ha acabado teniendo absoluta irrelevancia, porque hasta con un triunfo mallorquinista la permanencia era inalcanzable por culpa de las victorias del Nàstic en Tenerife y del Alcorcón en Murcia. El encuentro estaba ganado en todas las calculadoras, incluso en las más cenizas y pesimistas -que al final acabarán quedándose cortos con este panorama-, y quizás por eso el equipo visitante salió a Anduva de paseo concediendo ya un tanto a los dos minutos en una catastrófica jugada en la que si los marcajes brillaron por alguna cosa, fue por su ausencia. Maikel Mesa remató solo a bocajarro delante de la portería el centro que Kijera, sin ningún rival en metros a la redonda, le puso.

La catástrofe no cesaría ahí porque en el 34 Guarrotxena se aprovecharía de la verbena que estaba hecha la zaga bermellona disparando desde fuera del área con efecto y colando el cuero por la izquierda de Santamaría. Los que perdían, que eran los que en teoría se jugaban la vida, tampoco lo pasaban mal. Total, así ganaban un día de relax el sábado por la noche, sin esforzarse... por cuadragésimo segunda vez este año. Culio, que se pasó toda la primera parte de extremo, maquilló un poco el marcador antes del descanso gracias a la pasividad de los castellanos. El gol del argentino fue motivo de enorme enfado para defensores rojillos como Álex Ortiz.

La cara de circunstancias de Sergi era un poema, el Mirandés, ya descendido, estaba condenando a su equipo al descenso sumado a la victoria momentánea del Alcorcón en La Condomina. El paseo estaba saliendo muy caro y se necesitaban medidas de urgencia para evitar la muerte súbita en tres cuartos de hora. La situación era crítica y exigía esforzarse y volcarse en pos de la victoria. A estas alturas de junio aún no conocemos lo ilusos que somos y lo demostraron los once jugadores que volvieron a salir al verde como si su intención fuese moverse lo menos posible para no estropearlo. Otra vez volvieron los locales a atacar sobre el arco isleño aprovechando la absoluta pasividad de estos, que se dejaban hacer y deshacer así como les venía de gusto a los de Pablo Alfaro.

No llegaron a materializar, pero tampoco hicieron mucho más los de Sergi, aplicando Barjuanadas en el momento menos idóneo. En el ecuador del segundo tiempo las llegadas de los rojinegros fueron incrementándose, pero los disparos alcanzaban el esperpento. El circulo del horror que acababa de definir al Mallorca fue el 2-2 final, anotado por Dejan Lekić tras toda una parte en el campo y dos días después de que su propio entrenador le acusase en rueda de prensa de no poder aguantar más de veinte minutos. Pero ya todo daba absolutamente igual, el Nàstic ya se había adelantado y el Alcorcón no había cedido. La Segunda B estaba a pocos segundos de ser matemática y solo un gol milagroso en el último minuto permitía mantener una esperanzas exageradamente minúsculas. Moutinho disparó desde fuera y, mientras el balón volaba, los corazones se encogían y la respiración se cortaba. El golpe del esférico en el larguero representa el golpe más duro del mallorquinismo en cuatro décadas, la salida por primera vez desde su fundación de la Liga de Fútbol Profesional.

El colegiado señaló el final y toda la isla se derrumbó, cayendo al suelo y llorando sin remedio porque unos mercenarios acababan de cargarse una forma de ver el fútbol, una tradición y una manera de vida que incluso va más allá del deporte. El único fenómeno no bélico capaz de desplazar a 15.000 personas a la Península de golpe se hundía fuera del profesionalismo al ritmo de las risas de capitanes sin sangre pero sobre todo sin ninguna vergüenza, con laterales con la cabeza en el Paseo Marítimo y la fiesta pero nunca pensando en la institución de la que cobran, con delanteros a los que les "da igual" porque acabarán cobrando, saliendo en junio y encontrando otro equipo al que hundir, con consejeros delegados huyendo a toda prisa y manifestando que "no pasaba nada" porque no es tan grave y con embajadores angustiados solo porque cuando se juega en Montigalà te tienes que traer los canapés de casa.

Pero entre todos destacaba uno. Un central, un mallorquín, que lo primero que hizo en ese instante en el que todo pasó y la vida cambió fue tirarse al suelo sin poderse creer lo que le acababa de pasar al equipo de su tierra, al que él ama. Sabía que no era su culpa, pero como jugador tenía el deber de acercarse a pedir disculpas a la afición aún conociendo que se lanzarían y le insultarían en la representación de sus compañeros, tuvo compromiso con el escudo y se acercó a pagar lo que nadie como él había intentado arreglar con tantas ganas e ilusión  y se volvió sin poder reprimir del todo las lágrimas, que corrían simultáneamente por miles de mejillas, por caras como la de Julio José Pleguezuelo, por rostros como los de los trescientos héroes de Anduva. Por estos y por su espíritu, por todos los que construyeron un Mallorca grande y por todos los que nos dejaron. Por todos ellos, que nadie dude que volveremos.

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