Archivo de la categoría ‘Relatos desde la grada’

Un 4 de febrero de 2013, con el Mallorca sumido en una posición baja de la tabla de Primera División, saltaba la noticia: Gregorio Manzano volvía al Club para, como en otras muchas veces, salvar la categoría. Tras la última etapa del jienense en la isla, desde luego que fue una sorpresa para muchos. Sin ir más lejos, Goyo aún tenía una denuncia interpuesta al Mallorca, por lo que fueron muchos los detractores de esta contratación. Era un lunes por la tarde, y, al haber acabado ya la jornada de instituto, ardía en deseos de que fuera el día siguiente para comentar con los compañeros de clase semejante acaecimiento.

Corrían también tiempos convulsos en mi colegio, que afrontaba desde hacía un par de días jornadas de huelga por parte de los profesores. Pero allí estábamos los alumnos valientes, a sabiendas de que muchas clases podrían ser canceladas. Y así, a raíz de asistir al instituto aquel 5 de febrero de 2013, fue cómo empezó todo.

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Mi amigo Coco es un bético de manual: apasionado por su “Beti”, con un humor fino y socarrón a prueba de bombas y de descensos y una sentencia futbolera para cada ocasión que se tercie. Dotado de una cabeza grande y bien amueblada, lo que explica el mote cariñoso por el que le conocemos sus numerosos amigos, y dueño de un corazón todavía más grande.

Coco y yo fuimos compañeros en la “mili”, que él cumplió a un paso de su novia y del equipo de sus amores y yo a 200.000 mil leguas -con mar por medio- de una y de otro. Nuestra amistad se fue forjando en frases cruzadas los domingos por la noche de vuelta al cuartel, él desde su casa de Heliópolis a dos pasos contados del Benito Villamarín y yo de un piso de fin de semana compartido con una decena de compañeros más en el castizo barrio de Santa Cruz. “Quillo, ¿ka pasao con tu Mallorca?” me preguntaba indefectiblemente. Mi respuesta variaba en función de la catástrofe que hubiera afligido a “mi Mallorca” ese domingo y abarcó ese año concreto una gama amplia de desgracias: desde la caída del muro del Luís Sitjar, que provocó heridas en varios aficionados tras un gol del Pichichi de este año, “El Polilla” Da Silva, al descenso consumado a final del curso liguero. Y alguna alegría: los dos únicos partidos que presencié en directo al Mallorca aquel año fueron un 0-0 en el campo del Sevilla  y un 3-0 al Osasuna al domingo siguiente estando de permiso. Teniendo en cuenta que en este año nefasto el Mallorca ganó 3 partidos de los 34 de la competición debo ser el aficionado con mejor promedio de aquel año. Ese año la Liga la ganó el Athletic de Bilbao y Coco no tuvo motivo de queja: su “Beti” quedó 5º.

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Si en una mañana soleada como la de hoy , te plantas con riesgo de tu integridad física en el centro del solar decrépito que en el corazón de muchos se sigue llamando “Luís Sitjar”, con sus venerables piedras carcomidas por toda clase de vida vegetal, aguzando el oído podrás todavía escuchar un rumor de gritos de alegría que han viajado en el tiempo desde 1969, desde aquel ascenso -efímero- a Primera, o desde el verano de 1989 cuando Gabriel Vidal marca en la prórroga y nos devuelve otra vez a la División de Honor.

Oirás también gritos de rabia e intuirás el sabor salado de las lágrimas porque -el túnel del tiempo nos ha llevado ahora a un año antes, 1988- el Oviedo nos acaba de condenar al que en este momento parece nuestro hábitat natural: la 2ª División. Deslumbrado por el Sol te parecerá ver internarse en el área a Dominguez, a Eto´o, oír a Vulic y a Fradera abroncar a sus compañeros de zaga para que salgan más rápido. El hombre del marcador sube una y otra vez un gol, a veces de Milosevic, a veces del exquisito Diego Tristán, mientras en las gradas despobladas y en peligro de derrumbe total resuena un rugido creciente: “Mallorca, Mallorca”, gritos que en tu imaginación se mezclan con la megafonía anunciando el entrañable “Laccao”.

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RCDM.es - El Blog del aficionado Mallorquinista